Humillación y Exaltación :: Fortaleza: jóvenes cristianos quito ecuador Jorge y Rossana Briceño

Humillación y Exaltación

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De niño y hasta hoy me fascina la historia de Mark Twain, “El Príncipe y el Mendigo”, donde dos niños totalmente iguales se encuentran, son idénticos entre sí pero provienen de clases sociales totalmente diferentes, uno es príncipe y el otro un pordiosero, ambos son infelices hasta que deciden intercambiar lugares y así encuentran lo que en su vida hacía falta, un concepto equilibrado de sí mismos y de los demás, pensándolo un poco creo que la vida cristiana se parece mucho a esta historia.

Santiago 1:9  El hermano que es de humilde condición,  gloríese en su exaltación; pero el que es rico,  en su humillación.

Es curiosa la manera en que Dios trata la autoestima de las personas, esta es un área donde siempre hay trabajo por hacer, somos por naturaleza seres desbalanceados, desequilibrados en cuanto al concepto que tenemos de nosotros mismos.

Muchos de nosotros llegamos a Cristo con nuestra autoestima derribada, pensando que somos feos, o tontos, o pobres, otros pocos llegamos con un ego súper inflado por nuestra apariencia, o por nuestras habilidades, o por nuestras posesiones, más los primeros que los segundos, pero nunca en toda la historia del cristianismo ha existido un hombre, con excepción del propio Jesús, que haya tenido de sí mismo un concepto perfectamente equilibrado. Como la gran mayoría de nosotros llegamos de alguna manera quebrados, se ha pensado que la exaltación es la regla general,  pero Dios también es el Dios de nuestra humillación.

Romanos 12:3  Digo,  pues,  por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros,  que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener,  sino que piense de sí con cordura,  conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.

El objetivo de Dios, hasta donde comprendo, es que nosotros tengamos un concepto equilibrado de quienes somos, y este concepto se fundamente en nuestra confianza en Él, de manera que al ir creciendo en la fe podamos crecer en nuestra autoestima.

Es como una balanza, si tenemos problemas de orgullo y autosuficiencia entonces no podremos depender de Dios aunque tengamos una gran fe, porque dependeremos de nosotros mismos; por el otro lado, si tenemos problemas de inseguridad podremos depender de Dios, pero no tenemos la suficiente confianza en que Dios nos ama como para acercarnos a Él.

Lo hermoso es que Dios mismo se encarga de equilibrarnos, cuando un hermano se siente inferior, incapaz e inútil, Dios lo llevará a lugares mayores, de honra, de exaltación, de preeminencia, mientras que en el otro caso, si nos consideramos a nosotros mismos capaces, autosuficientes, o superiores a otros, entonces Dios nos humillará, nos enseñará a ser el menor, el siervo de los demás.  El fin es siempre el mismo, que nuestra competencia esté en Dios y al mismo tiempo nos sentemos en lugares celestiales con Cristo.

Somos reyes y sacerdotes, al mismo tiempo somos esclavos y siervos, Jesús fue el perfecto ejemplo de esto, nunca dejó de ser Hijo de Dios mientras que fue el perfecto Siervo Sufriente, nunca perdió su majestad mientras se sometió a la humillación suprema, se hizo pecado sin perder su santidad, el es Cordero y León.

Debemos dar gracias a Dios cada vez que nos exalta, que nos permite una victoria y también debemos dar gracias a Dios cada vez que somos humillados, que debemos sujetarnos bajo otro hombre, cada vez que nuestro orgullo es derribado, consideremos que es la obra de Dios, tanto lo uno como lo otro, para formar a Cristo en nosotros.

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